Primeros capítulos de “Un nuevo amanecer” de Karina M. Delprato.

Quiero compartir con ustedes, los primeros cinco capítulos de mi novela: “Un nuevo amanecer”, espero les guste♥. Para quienes la lean y comenten hay un concurso vigente hasta el 21 de junio.

Un nuevo amanecer de Karina M. Delprato. Editorial GramNexo.
Prólogo
Estoy muy sola. Me haces sentir sola. Quiero proponerte algo. Unas vacaciones en donde quieras y como quieras, pero ahora. Ya. Lo necesito. Te necesito.
No me importa el lugar, ni si el paisaje tiene mar o montañas, si hace frío o calor. Solo quiero dormir y despertar sobre tu pecho. Recordar la geografía entera de tu cuerpo, transformar tu fría piel a cálida y con apenas el roce de mis labios excitarte de placer…
Necesito que me lleves a los rincones más oscuros de tu imaginación. Esos que están dormidos y nunca dejaste libres en nuestra habitación.
Necesito saber qué es enloquecer de amor, enredarme en tu cuerpo y me demuestres tu pasión. Quiero recordar cómo es gozar tan solo con tu presencia, imaginando lo que vendrá, percibiendo en tu mirada hambrienta qué delicias me harás.
Necesito que te olvides de todo, que te encuentres en mis ojos profundos, que leas a través de ellos y entres en mi mundo. En mi mundo vacío, ausente; desolador, incomprendido; descubriendo mi interior, mis sentimientos, mis vicios, mis deseos.
Si quieres, puedes recorrer el paisaje más hermoso en mi cuerpo. No lo ves. Te olvidaste, pero lo tengo todo. Te puedo regalar montañas rodeadas de curvas tan solo con detener tu mirada en mi cuello y muy despacio aguzar tus sentidos en el camino hasta mi cintura, percibiendo antes de llegar a ella, mis latidos inquietos que te harán detener en mi pecho. Te excitará saber que mis palpitaciones te revelan un secreto, a través de la sombra de mi mirada. Mi pecho late fuerte quiere ser recorrido por tus manos para que sientas cómo se transforman a tu tacto. Así, como mis latidos serán música para tus oídos, mi humedad será agua en medio del desierto para tu boca impaciente que se olvidó de saborear la miel, que te hará enloquecer y te llevará al delirio de los placeres en el rincón más sensible y maravilloso de mi cuerpo. Te mostraré un manantial fresco y transparente entre lomas y colinas del color de mi piel. Bañará el impulso de tu deseo la suavidad de mi pimpollo rosado, una dulce excitación despertarás en mí, por imaginar tu aliento acariciándome. En ese lugar tibio podrás perderte sin límite, solo deja que tu mente divague y recuerde… No te detengas, libérate en el intento de realizar tu sueño sin regreso.
Te daré unas vacaciones en mi cuerpo, para disfrutarme, amarme, acariciarme, besarme. Para jugar, reír, callar, sentir. Para recordar y saber que realmente, ahí estás. Amándome. Necesitándome. Deseándome.
Quiero ser tu fantasía prohibida, tu demonio insaciable, que mis suspiros y jadeos perturben tu mente, transformándola en perversa y adicta hacia mí. Ser tu único deseo y vos el mío.
Mariela.
Capítulo 1: “Cuando tu corazón habla, buscas comprensión y entendimiento”
Una y otra vez leía la carta. No podía creer que ya había pasado un año de habérsela entregado. Las cosas no habían mejorado nada en nuestro matrimonio y desde hace un mes decidimos separarnos por un tiempo.
Habíamos quedado atrapados por la rutina y sin voluntad de esforzarnos a un cambio. Se perdió el deseo, la pasión; el querer estar siempre en compañía del otro, mirar los dos una película abrazados o recostados en el sofá y tantas cosas, que antes, nos desvivíamos por hacer juntos.
Él no entendía lo que yo le reclamaba, ni lo que necesitaba. Dejamos gastar una bonita y consolidada relación. El hermoso amor que hubo entre los dos, se fue marchitando poco a poco. Día a día.
Una vez en mi vida quería decidir por mí. Escuchar y entender mi corazón. Dejar de tener que ser perfecta y equivocarme alguna vez.
A pesar de habernos separado por decisión de los dos, me costaba estar alejada de Eduardo, mi exmarido. Estuvimos muchos años juntos y no fue fácil tomar la determinación.
Mis dos estrellas, Diego de veintiún años y Damián de diecisiete, entendían la situación aunque superficialmente; pero aún así, me han hecho sentir apoyada en todo momento.
Hace una semana los dos decidieron viajar y eso me angustiaba más. Desde que nos separamos, Eduardo se fue a vivir con un amigo y yo quedé en casa con mis hijos. Pero, desde entonces, la casa estaba vacía, tan vacía como me sentía yo.
Diego se había alistado en el ejército español, por tener su doble nacionalidad y ser mayor de edad. Ese tema me costaba horrores asumirlo. Mi padre es militar y sé lo que conlleva estar en la milicia. Lo que más me atormentaba era que iba como voluntario a Irak.
Dami quería perfeccionarse en inglés y hace tres semanas me dio la noticia de que se iría a Londres en un intercambio colegial durante un año.
No podía soportar el no tener a mis hijos a mi lado, me sentía incompleta, triste. Además, la distancia era demasiada y me preocupaba no tener noticias diarias de ellos, de Diego, sobre todo, por estar en un lugar tan peligroso. Eso me volvía loca.
Hoy, veintiuno de junio de dos mil once, haré un viaje. Es la mejor decisión para  mí, al menos un mes y a mi regreso, decidiré algo definitivo sobre mi separación y me ayudará a calmar mi ansiedad y angustia por no tener a mis hijos conmigo.
A mis cuarenta y dos años ya era hora de que piense un poco en mí.
Quedamos con Eduardo en almorzar juntos para contarle sobre lo que planeé y hablar un poco de nosotros. Seguíamos manteniendo, dentro de todo, una buena relación.
–¿Estás segura del viaje? –sentí preocupación en su voz al preguntarme.
–Claro, estoy muy segura. Es lo mejor que puedo hacer en este momento.
Tenía mucho remordimiento en mi interior pero, aun así, me mostré segura y decidida.
–¿Sabés que me podés llamar cuando quieras, no? –decía con una mirada triste.
–Sí. Lo sé –respondí mirándolo con complicidad.
No lo entendía. Si estaba tan triste por esta separación, momentánea y acordada entre los dos, ¿por qué no hizo algo para evitarlo?
Yo necesitaba saber si iba a extrañarlo. Si iba a soportar seguir sin él. Si podía ser feliz lejos de él.
Tuvimos una charla amena y al terminar el almuerzo se marchó, esperando que a mi regreso le diera mi respuesta definitiva sobre nuestra relación.
Comencé a empacar mi ropa. Era finales de junio y el calor se sentía en el mediterráneo. Desde que llegué con mi familia a Valencia hace ya diez años, disfrutaba muchísimo el vivir en esta gran ciudad, la arquitectura de sus edificaciones, el contraste de lo antiguo y lo moderno de la localidad, la gente y sobre todo tener la playa cerca. Pero ahora quisiera un lugar perdido, donde solo pueda escuchar mi alma.
Al terminar las maletas quité del porta-retratos que tomé de la mesita de mi habitación, las fotos de mis hijos y las puse dentro del equipaje junto a la carta que le había escrito a Eduardo, que no fue capaz de conservar junto a él.
Sin duda, el estar alejada de mis hijos sería lo que peor llevaría. Los iba a extrañar horrores. Nunca nos habíamos alejado, mucho menos en las vacaciones, que siempre las esperábamos con ansiedad para disfrutarlas todos juntos en familia. Pero los chicos crecen y van eligiendo sus destinos…
–Los quisiera llamar todos los días –pensaba– pero sé que me tendré que conformar con hablar de vez en cuando.
Llegó la hora de partir… Pero nunca imaginé que este viaje iba a cambiar tanto mi vida…
Capítulo 2: “Las casualidades no existen”
La despedida con Eduardo fue emotiva a pesar de que sabíamos que nos volveríamos a encontrar a mi regreso.
Al final, me decidí por un lugar hermoso frente al mar como tanto me gusta a mí. Una playa tranquila en el mismo Mediterráneo, a una corta distancia de casa.
Luego de una par de horas de viaje llegué al lugar donde me hospedaría treinta días.
El hotel inspiraba relajación total. Era muy lujoso como corresponde a uno de cuatro estrellas. Un jardín donde se respiraba aire puro era la entrada del lugar, el cual sería mi cobijo. Era relajante respirar y admirar tanta naturaleza, estaba segura que pasaría en él mis tardes de lectura, tranquila y con la mente descansada. Rodeada de verde, respirando el perfume de las rosas y jazmines que decoraban el lugar junto a los tulipanes que formaban un arcoíris de colores.
Mientras el empleado me mostraba las comodidades del hotel, yo estaba ansiosa por llegar a la habitación. El viaje fue algo agotador y no veía la hora de ducharme, tirarme a la cama y encontrarme con mi soledad.
Solo llevaba una maleta grande, mi bolso de mano y mi cartera. Le hice dejar el equipaje antes de abrir la puerta, quería entrar sola, le dí la propina y se marchó.
Al abrir la puerta, el aroma se percibía de inmediato. Una fragancia exquisita, mi preferida: Vainilla.
–¡Oh! ¡Qué bonito recibidor con esas velas perfumadas! ¡Me enloquecen!
Asombrada por el lujo de la habitación, fui entrando a medida que grababa en mi mente cada detalle. Llegué a donde estaba la cama, de hierro forjado en blanco, con una mesita al lado. Un velador de hierro apoyado sobre ella hacía juego, acabando con una bonita pantalla en rosa y un adorno de una sirena de porcelana realmente bellísima. Se notaba que era una artesanía y casualmente las sirenas son mi debilidad.
Un espejo colgaba de la pared frente a la que velaría mis sueños, y una cómoda de seis cajones que, a su vez, parecía ser un escritorio se mostraba galante por debajo de él.
La silla que acompañaba ese mueble era tan distinguida que daba pena sentarse en ella. El tapizado que la revestía era de pana blanco marfil. Me dejó impactada; me recordaba la época de mis abuelas. El conjunto de silla y mueble eran de madera blanca, repujada con unas flores muy delicadas en rosa pastel que hacía sostificada la habitación.
En ella era todo blanco, con detalles en rosa cálido y suave. Un ambiente luminoso y romántico observaba ante mi vista.
Unos ventanales enormes con salida a una pequeña terraza me regalaban un fresco aire de costado a mi cama. La terraza estaba decorada con macetas llenas de diversas flores blancas, rojas y rosas. Un enorme jarrón de barro con una preciosa planta de jazmín, se mezclaba con la fragancia de vainilla del interior de la habitación y se podía observar desde la puerta de entrada, a lo lejos.
Una brisa provocaba que las cortinas de voile, rosa pastel, bailaran al compás de las olas que dejaban ver como rompían sobre las gigantes rocas que sobresalían del mar.
Solo podía inspirar paz en ese ambiente tan acogedor. Dejé las maletas a un costado de la cama y con prisa me desnudé. Si hay algo que me fascina es conocer los baños y con seguridad me encontraría con uno espectacular.
–¡Segurísimo tiene yacusi! ¡Con lo que me gustan los baños de espuma! –murmuré entusiasmada.
No era mi costumbre, pero me pareció gracioso repetir la típica escena de las “pelis” cuando te vas desnudando al ir caminando al baño.
Así fue, tiré la camiseta por el aire, mientras saltaba en un pie, intentando quitarme los pantalones que también volaron como pájaros perdidos. Desabroché mi sostén dejando libres mis pobres pechos oprimidos ¡hasta sentí escuchar que me agradecían dejarlos libres!
Friccionando mis piernas una con otra, intentaba terminar de sacar mi tanga de broderie rosa. Pero claro, al abrir la puerta del baño ¡no vi el escalón!
–¡¡¡La concha de la lora!!!
Soy una tarada, quedé culo para arriba despatarrada en el suelo y…
–¡Ohhhhhhhhhhh! –grité asustada.
¿Cómo podía ser que tenga frente a mí un hombre? Levanté la vista y tenía a Adán, digo, ¡a uno en pelotas como yo! Me levanté histérica del suelo, quería salir corriendo de ahí. ¿Quién era, un violador?
¡Al levantarme olvidé que estaba enredada en mis propios calzones! Y como una boluda ¡me volví a caer! Pero esta vez para no golpearme, manoteé en el aire y “algo” ¡me salvó de romperme los dientes!
Al instante escuché un: ¡Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy locaaaa, soltá que me dejás sin pistola!
Nuestras miradas conectaron por primera vez. Solté sin dudar esa cosa impresionante mientras pensaba. –¿Qué es eso? ¡Pero si parece una boa!–. Me incorporé tapando con mis manos mis partes íntimas.
–¡Perdoname! ¡Pero jodete por estar donde no debés! –le dije mirando ese lugar en cuestión, que se agarró como para calmar el apretón que se ligó de mi parte.
No pude evitar hacer sonar una carcajada nerviosa. Después de todo, ¿quién era y qué hacía en mi habitación? Con un gesto en mi mirada arqueando la ceja e inclinando mi cabeza le invité a que me dé una explicación.
Mirá piba, no sé qué hacés vos acá. Yo estoy en mi habitación. Así que te pregunto lo mismo.
Mirándome de arriba hacia abajo pude intuir sus pensamientos: “te como toda”, esperando mi respuesta. Yo, olvidando que estaba desnuda ante un desconocido, le dejé claro que la habitación era mía. Me di vuelta y en segundos vi que algo comenzó a sobresalir de sus manos…
–¡Asqueroso, no me mires!
–No puedo evitar mirarte, la que está en pelota ante mí sos vos y no estás tan mal nena eh… –dijo riéndose.
Me puso histérica, ¡qué mal educado! ¿Cómo decirme algo así? Pero su mirada hizo que mi corazón no coordinara y estuviera en desacuerdo con mis pensamientos. Parecía galopar el hipódromo entero dentro de mi pecho.
Fui corriendo a levantar mi ropa. Luego de desenredar mi tanga para taparme lo más íntimo de mi ser; busqué la camiseta, los pantalones y me cubrí el pecho. Le pedí que se vistiera y se fuera a recepción a aclarar este asunto.
–¡Ni loco! Me encanta esta habitación por la vista que tiene al mar. Andá y quejate vos –me decía descaradamente con una desfachatez increíble. ¿Quién se cree que es?
–Mirá querido, esta habitación la reservé desde Valencia hace una semana y ¡es mía! –casi se me salen los ojos de la rabia que tenía. Empecé a olvidar que era educada y civilizada–. ¡Así que yo ni loca me muevo de acá! –le demostré seguridad en mis palabras.
–Y yo la reservé desde Argentina, pero como quieras loca, yo no tengo problemas en compartir mi cama con una minita tan linda como vos.
Su mirada era puro fuego ¿cómo podía transmitirme algo en esta situación?
–Sos un tarado. No. Un imbécil. ¡Un reverendo pelotudo! ¡Me voy! ¡Metete la cama y todo lo que quieras en el culo! –decía furiosa mientras me ponía el pantalón.
Me llevaba el diablo, no podía creer darle semejante insulto, mientras me terminaba de vestir él solo se reía. Eso me ponía más nerviosa y conseguía envenenarme de rabia.
Después de haber bajado a recepción y aclarar las cosas, ¡lo que ni me imaginaba! No habían más habitaciones y no supieron decirme cómo pasó semejante confusión. Prometieron solucionarlo. Fui a buscar mi maleta que, antes de salir del cuarto, lo único que había recordado era ponerme la ropa.
–Mirá nene, para que sepas, estos tarados no saben decirme cómo pasó esto, pero me prometieron solucionarlo. Así que vestite y tomátelas. Me voy a bañar ¡que estoy muerta de cansancio! Y cuando salga ya no quiero verte acá.
–¿Por qué me voy a ir de “mi” habitación? Andá, bañate que no voy a entrar. A no ser que… Me pidas que te enjabone la espalda –no pudo contener su carcajada mientras se terminaba de vestir.
Yo me fui como quien arranca un auto de competición quemando gomas a punto de llegar a la final. Estaba odiando a ese tipo. Pero olvidé que estaba conmigo y me fui a duchar.
–Mirá, me voy a bañar porque hace mucho calor y el viaje fue largo. Pero si no te vas vos, no te preocupes, me iré yo cuando termine.
Una vez bajo el agua, me relajé un poco. Al rato, mientras me estaba enjabonando la cabeza siento que una mano me toca el hombro y al abrir los ojos, ese hombre me dio mi móvil.
–Un tal Eduardo pregunta por vos –salió rápido del baño al ver que mi cara se iba transformando.
¿Qué? ¿Había oído bien? ¡¡¡¡Eduardo!!!! Con palpitaciones y nerviosísima contesté intentando disimular.
–¿Hola? ¿Cómo estás? –¿Notaría los nervios en mi voz?–.
–No tan bien como vos. Ahora entiendo la desesperación por viajar y muchas cosas más. Disfrutalo. Tus hijos están bien, acabo de hablar con ellos y quería contarte. Pero veo que estás muy ocupada.
Cortó. Me quedé boquiabierta, quería que la tierra me tragase. No podía estar pasándome esto. Terminé de bañarme rápido, me tapé con el toallón blanco y hecha una furia salí en busca de ese marmota. Desde que llegué no hizo más que arruinarme el día.
–¡¡¡¡¡¡¡ Escuchame pedazo de pelotudo!!!!!!!
–¡Epa! ¿Qué boquita mamita, con esa boquita decís te amo?
–¡Te importa una mierda lo que digo y lo que hago con mi boquita! ¿Quién te creés que sos para agarrar mi móvil y contestar?
–Pero che, fui amable con el chabón. ¿Por qué te calentás, digo, enojás? –con carita de “yo no fui” me respondía gozándome.
–Porque ese “chabón” como vos decís, es mi ex. Y este viaje lo hice para poder pensar. Decidimos tomarnos un tiempo para aclarar lo que sentimos. Y vos, tarado, ¡me estás arruinando la vida! Tan solo pensar en que él ahora crea que le mentí, me hace sentir mal. ¡Creerá que me fui para estar con alguien!
Inevitable fue que mis lágrimas salieran cada vez más rápido como tampoco lo fue dejar de llorar.
Me senté al borde de la cama y llevé las manos a mi cara, cubriéndome de vergüenza, no quería que un desconocido me vea llorar –aunque no más de la que había sentido antes por haberme visto desnuda.
–Te juro que lo hice sin querer. No pensé que podías estar casada. Fue sin mala intención, de verdad –lo decía apenado.
Se sentó. Seguía hablándome a mi lado y pasó un brazo por mis hombros, acariciando mi brazo con su mano. Consolándome. Su otra mano giró y levantó mi cara quedando frente a la suya. Secó mis lágrimas y me perdí en su mirada que estaba siendo tan sincera como sus palabras. Me dejé consolar, hacía tanto tiempo que no sentía una caricia tan dulce que hasta deseaba que el tiempo se detuviera.
Desde afuera se oía una canción, venía del jardín del hotel. “Cuidarte el alma” de Chayyane.
“…Con solo tenerte aquí decirte lo que yo siento, es que me gusta tu cara, me gusta tu pelo, soñar con tu voz cuando dices te quiero, me gusta abrazarte, perderme en tu aroma, poder encontrar en tus ojos el cielo…”
Nos hipnotizamos uno al otro, la melodía nos envolvía, nos perdimos en el tiempo. Mis lágrimas dejaban de caer, despacio, poco a poco y otras sensaciones invadían mi cuerpo.
Su mirada era tan transparente, tan profunda… Casi podía leer en sus ojos. Esos ojos color café que se estaban confesando junto a los míos castaños. Acabó la canción y volvimos a la realidad. Enderecé mi espalda, con mi mano quité la suya de mi rostro acariciándola y a la vez, sentía la tibieza de sus dedos. No había prestado atención hasta el momento de lo lindo que era.
Me puse de pie, él también, y casi susurrando me habló. Cerca, muy cerca de mí.
–Me gustaría invitarte a almorzar, nos vendría bien comer un poco. De paso es una manera de disculparme por meterte en semejante lío.
Me conquistó con su sonrisa y con ese “no sé qué”, que lo hacía irresistible.
–Vale, te agradezco. Te acepto la invitación y las disculpas –le sonreí.
–¿Vale? ¿Recién llegás a España y ya te hacés la gallega? –se burló, dando una gran carcajada que llamó mi atención, no pude dejarlo de mirar. Su sonrisa era realmente hermosa. Su manera de hablar odiosa pero tentadora.
–¿Todavía tenés ganas de hacerte el gracioso? Mientras almorzamos te explico eso de “gallega” y te cuento el tiempo que llevo acá –le hice saber con una sonrisa y arqueando la ceja hacia arriba.
Capítulo 3: “Conociéndome, conociéndote”
Era un día soleado. Una brisa suave era nuestra compañera. Nos sentamos en la mesa bajo una gran sombrilla. Podíamos apreciar una de las mejores vistas hacia ese paraíso. La terraza tenía salida al mar. Me hubiera gustado caminar descalza sobre la arena, si no fuera por el sol abrasante que la hacía arder.
Mientras leíamos la carta que el camarero nos trajo y decidíamos qué pedir, me contaba que su viaje era por trabajo. Venía desde Argentina para contactar con un amigo por asuntos de negocios. Él era mecánico, estaba casado y tenía un hijo; se quedaría un mes por negocios. Yo le explicaba la diferencia entre gallega y valenciana. Para nosotros, los argentinos, decir gallego era referirse a todos los españoles en general. Pero esa diferencia fue algo que aprendí viviendo acá.
–Así que ya sabés, y además que se me haya pegado la palabra “vale” no quiere decir que deje de ser argentina. Como verás mi acento no lo perdí, solo me amoldo a algunas palabras para ser entendida. Porque si digo dale, como es nuestra costumbre, me quedan preguntando ¿dale qué? –le explicaba amablemente sonriendo.
–Vale bonita –lo decía serio, hasta que no aguantó y me hizo una sonrisa pero esta vez seductora.
¿Por qué tuvo que estar en mi camino? ¿Por qué si quería soledad y encontrarme conmigo misma apareció en mi vida? Mil preguntas desordenadas se cruzaban en mi mente. Me estaba agradando demasiado su compañía y él, no me demostraba lo contrario.
Ya teníamos decidido qué pedir, le aconsejé que probara la paella valenciana. ¡Cómo no! Si es mi plato favorito.
–Bueno, preferiría unas milanesas con papas fritas pero veo que no hay… –devolviendo la carta al mozo decía desconfiando de que pudiera gustarle.
–Vas a ver que te gustará –le sonreí.
–¿Y si no me gusta, me dejás elegir el poste?
Uf, no puedo describir esa expresión de: “mi postre serás vos”. Claramente lo vi en su mirada. Me traspasó el corazón el brillo de su pupila fogosa.
–¡Pero qué te pasa Mariela! –me decía a mí misma–. Sos una tarada, ¿no ves que es el típico mujeriego que le encanta conquistar a todas?
Dejé de estar tan predispuesta, quería poner un paredón entre los dos, que no crea que me moría por él. Vine a entender mi corazón sobre mis sentimientos, no a complicarme la vida con un mujeriego. ¿Para que me use y se vaya contento por su logro? De ninguna manera.
Le contaba acerca de mi vida mientras comíamos placenteramente la paella.
–Me llamo Mariela Montero, tengo cuarenta y dos años, dos hijos adolescentes buscando su destino y como ya sabés, estoy separada pero pensando si hay posibilidades para una reconciliación. Hace diez años, prácticamente, que vine a España con mi familia. ¿Qué más querés que te cuente? Ya sabés lo principal. Cada vez que nuestras miradas conectaban, tenía la impresión de conocerlo de toda la vida. ¿Por qué? Qué sensación tan extraña y misteriosa a la vez…
–Un placer Mariela, me llamo Maximiliano Rossi, argentino como vos y dos añitos más que los tuyos –dándome un beso en la mano se presentó mientras me hacía más preguntas.
Tomábamos el café con buena música de fondo, Bruno Mars, When I was your man, quien canta como los dioses, aunque no pude evitar llorar al escuchar la letra: “La misma cama pero se siente un poco más grande ahora, nuestra canción en la radio, pero no suena igual. Cuando mis amigos hablan de ti lo único que hace es destrozarme el alma porque mi corazón se rompe…
–¿Te hago sentir mal con mi pregunta? –se dio cuenta que mis ojos humedecieron–. No me digas nada más. No me gusta verte llorar. Nunca me pasó, pero cuando llorás me dejás una angustia muy grande y recuerdo el momento que te hice pasar hace un rato.
–No te preocupes, no es eso. Soy llorona desde que tengo memoria –le hice una media sonrisa–. Esta canción es triste, me trae recuerdos y pienso si seré capaz de separarme definitivamente… Y de no tenerlo más a mi lado. Por otra parte me lastima mucho que sea tan indiferente conmigo. Hay algo que se murió dentro de mí y no sé si podré revivirlo. Imagino que también él perdió ese fuego, ese interés en estar juntos. El trato es muy brusco y como dice la canción sólo necesitaba flores, sentir que me daba su mano, que me regalaba horas y alguna fiesta cada tanto para divertirnos juntos. Cada vez compartimos menos cosas. Nos alejamos demasiado estando tan cerca…
–Te entiendo, a pesar de no tener ese problema. No le hago faltar nada a mi mujer, le doy todo lo que ella necesita y ella a mí.
–Entonces cuidala, y mantené esa llamita prendida siempre. Una vez que se apaga nada la vuelve a encender –respondí triste.
Entre tantas confesiones terminamos el café. El sol no castigaba tanto. La piscina estaba rodeada de palmeras, se percibía una fresca sombra sobre ella.
–Tengo unas ganas de ir a la pileta… ¿Vamos? –me preguntó dando por seguro que aceptaría.
–Te agradezco pero prefiero ir a descansar un rato y si querés, después bajo y tomamos algo junto a la piscina. ¿Viste que lindo el bar que hay ahí?
–Sí, me encanta. Quiero conocer todo. Tendré que buscar a alguien que quiera ser mi guía –guiñándome el ojo lo decía con simpatía.
–Seguro que la encontrarás. Mirá cuántas chicas hay por acá…
No sé por qué sentía molestia en pensar que otra lo acompañara. Pero no le demostré interés.
–Sí. Ya veo el buen panorama que hay. Tengo para elegir. Sé que ninguna se negará –me sonrió y con esa expresión de fanfarrón me guiñó un ojo.
–Bueno… ¡Sos un creído importante! Andate con quien quieras –sin querer lo dije en un tono donde dejé claro algo de celos.
–¡Ah bueno! Se me puso celosa la nena –no dejaba de reír.
–¿Sos tarado? ¡Nada que ver! No sos mi tipo para que sepas –con seguridad en mis ojos le hice ver que no me importaba para nada–. Ya te veo después si andás por acá –me despedí con cortesía–. Y si no, en otro momento. Gracias por la invitación, espero te haya gustado conocer algo diferente –refiriéndome a la comida.
–Tengo que reconocer que me gustó, no tanto como me gustás vos, pero estuvo bien. Te veo más tarde, bonita.
Se me acercó sin esperarlo y me dio un beso. Un beso que de la manera improvista que se acercó, parecía que iba a dármelo en la boca. Sin embargo, sentí como sus labios casi rozan los míos y el beso quedó sellado en la comisura de mis labios que, por un instante, se dejó llevar por el impulso de querer probar los suyos tentadores.
–¿Qué me está pasando con este hombre? –pensaba confusa.
–Te aviso que me contuve para no comerte esa boquita carnosa. Pero sé que la saborearé y la morderé despacio, suavemente –me susurró al oído con su cuerpo casi pegado al mío antes de retirase.
Podía sentir su cálido aliento sobre mis mejillas. Su rostro estaba apoyado en el mío. Sus manos inquietas estaban desparramadas. Una, tomando mi cintura la cual presionaba ligeramente pegándome más a él y la otra, detrás de mi cuello. ¿Qué decir? Mi cuerpo respondía a sus intenciones. Con un suspiro que no quise acabar, me retiré hacia atrás.
–No quieras jugar conmigo –lo miré desconfiando–. No te voy a dejar. Buscate otra tontita que caiga en tus redes –lo miré seria, casi enojada y me fui sin darle oportunidad de decirme nada más.
De regreso a la habitación me encontré con el silencio y mi soledad. Eso era lo que quería. Pero ahora, no entendía por qué sentía una confusión enorme desde que Maximiliano apareció en mi vida. Maximiliano Rossi, un hombre misterioso…
Desarmaba mi maleta y lo primero que encontré fue la carta que le escribí hace un año atrás a Eduardo. Ni siquiera se dignó a guardarla. La dejé apoyada en la mesita de luz para seguir ordenando la ropa. Más tarde necesitaría leerla, como cada día lo hacía.
Llevé al escritorio la notebook, la puse a cargar y busqué mis canciones favoritas. Románticas variadas, pero en español. Tenía ganas de cantar y sentir cómo las letras se metían dentro de mi alma y hablaban por mí. Necesitaba escribir algo por eso decidí dejarme inspirar por la música. Acompañada con la preciosa voz de Mónica Naranjo ordené todo el equipaje.
Me senté en esa hermosa silla intocable de pana, dispuesta a dejar que mis emociones abandonen mi cuerpo.
Desde que recibí el libro de poemas de Pablo Neruda y Gustavo A. Bécquer como regalo de cumpleaños a mis once añitos, no pude dejar de escribir poemas. La etapa niña-adolescente la tuve entre letras, sueños y fantasías. No importaba la manera que me expresara pero, me convertí en alguien con mayores sentimientos.
En ese entonces, me di cuenta que deseaba un diario. Necesitaba “hablar en soledad todo lo que sentía con alguien que solo me escuchara”. Lamenté mucho haber perdido todos los diarios en una de las inundaciones que viví cuando era una adolescente en mi país, Argentina.
Cantaba junto a Mónica Naranjo, esa canción que me gusta tanto, “Ahora”. Estaba lista para escribir lo que sentía mientras escuchaba su letra:
“Lo que quiero ahora, es tu cuerpo ahora,
ser su dueña ahora, ser su esclava ahora.
Y atarlo ahora, y adorarlo ahora,
parar el tiempo ahora y acariciarlo ahora…
Y mis palabras salían a borbotones con ansiedad. Una mezcla de imágenes me confundían y me perturbaban. Me venían como flashes nuestros momentos íntimos con Eduardo, tan lindos, tan tiernos. Tan lejanos en el tiempo.
De repente, las escenas que viví en la habitación al llegar, como relámpagos atormentaban mi mente; provocando una búsqueda incansable de momentos secretos con ese ser desconocido que me atraía de manera endemoniada.
“Ya no soy la misma, nunca más lo seré”
Debajo de mi piel algo cambió,
las sensaciones no son las mismas,
no brillan los colores,
ni las huellas son infinitas.
Mi corazón se esfuma,
no se aceleran los latidos,
quedan olvidados en el agreste camino
y perdidos en el recuerdo del ayer.
Intento observar el reflejo
de mis ojos tristes y opacos,
ya no presienten la dulzura
de tu mirada profunda…
Escribir me dejaba totalmente relajada, pero la angustia que quedaba dentro de mí, se iba poco a poco. Preferí recostarme un rato, para terminar después con mi poema.
Otro poema que escribía para Eduardo y quedaría en el cajón. Nunca me prestaba atención cuando se los regalaba, aunque se los quisiera leer yo misma. No sé qué pensaría él, que sería una tontería; sin embargo para mí era tan importante y tal vez no se daba cuenta cuánto lastimaba mi corazón.
Tenía ganas de ir más tarde a la piscina. No quería reconocerlo, pero tenía ganas de ver a Maxi. ¿Por qué? ¿Qué tiene que me gusta tanto?
Me acosté en la cama. Mientras sacaba a Maxi de mi pensamiento, leía la carta. No sé por qué me aferré tanto a mi escrito, no podía creer que Eduardo fuera tan superficial y no se sintiese vulnerable ante la confesión de mis sentimientos más profundos. Al rato, entré en un intenso sueño.
No tuve en cuenta que la habitación seguía siendo también de Maxi. Igualmente sabía que no subiría. Lo soñé intentando conquistar a todas las mujeres del lugar. Me sorprendí cuando al despertar, tenía su mirada clavada en mí, acostado a mi lado. Perdí la noción del tiempo, no sabía cuánto llevaba dormida. Cuando se dio cuenta que me iba a levantar por verlo ahí, con su índice apoyado en mis labios y haciendo un gesto de silencio, dejó salir unas palabras de su boca. Un susurro aterciopelado sentí sobre mis labios acompañado de una mirada cálida… Me estaba provocando querer ser su prisionera.
–Cuando no estamos juntos y me enfrento a las miradas de las demás, no hago otra cosa que repetir tu nombre en mi mente; recordando cada minuto que pasamos juntos y el corazón se me llena de gozo.
Morí de amor ante esas palabras tan lindas… ¡Jamás me dijeron algo así! Mi corazón estaba queriendo conectar con mi mente, donde había una barrera impidiendo dejarse atrapar ni seducir. Pero el deseo de sentirme amada fue más fuerte. ¿Me estaba enamorando de un extraño?
–¿Cuánto tiempo hace que estás acá? –le pregunté indiferente sin darle importancia a sus palabras, que me volvieron loca.
–Lo suficiente para saber que sos una mujer especial y me estás volviendo loco. Siento la necesidad de tenerte a mi lado cada segundo.
–¡No me vengás con huevadas! Que tendré cara de boluda pero no lo soy –mientras me incorporaba en la cama para levantarme, esa fue mi respuesta sin titubear.
–¿No me creés, verdad? Mejor. No soy un hombre fiel.
–Ya veo, ¿estás casado y me venís con frases conquistadoras de telenovela? Dejemos las cosas así. Deberías averiguar cómo conseguir otra habitación. Ni pienses que voy a estar acá con vos mis días de vacaciones. Vine a estar sola.
–Tenés razón. Ya mismo me iré a buscar otro hotel. Acá no hay más habitaciones disponibles. Por cierto, –mirándome un poco apenado pero curioso a la vez– tu carta es hermosa, cualquier hombre se volvería loco al leerla y te haría el amor de una manera que en tu vida te olvidarías, es una pena que tu esposo no lo haya hecho.
–¡Vos no sabés nada de mí! ¡No opines!
–Con mirarte a los ojos me alcanza para saber todo lo que te hace falta en tu vida. Y simplemente, lo que necesitas es un hombre que te ame y te lo demuestre.
Sin decir nada, a paso lento, lo vi marchar. Me levanté apurada hasta la puerta y me detuve apoyando mi mano y mi cara sobre la madera de la misma que se acababa de cerrar, sentí que estaba dejando ir a alguien especial.
Miré por la mirilla y ahí estaba. Parado, de espalda a la puerta. ¿Esperaría que lo siguiera? ¿Que le dijera que sus palabras me volvieron loca? ¿Que tenía razón? Agité mi cabeza negando esa posibilidad. Yo tenía que solucionar mis problemas con Eduardo. Él era mi amor, mi vida. Sin embargo, tenía tan lejos esa revolución en el estómago cuando él se acercaba a mí… ¿Cómo podía ser entonces que un extraño me hiciera alborotar las hormonas? ¿Sentir que deseaba y disfrutaba oír esas palabras tan profundas y llenas de amor?
No podía ser. Estaba confundida, necesitaba cariño y seguramente aceptaría cariño de quien sea. No era que Maximiliano me estaba enamorando. Era mi culpa, culpa de Eduardo que no me demostraba el amor que yo necesitaba recibir. Me sentía vulnerable ¿A qué mujer no le gusta oír esas palabras de amor? Además él era… Tan lindo… Tan único.
Un suspiro profundo vació mi pecho y dejé mi mente en blanco. Me acerqué al portátil. Me dí cuenta que había quedado abierto con mi poema a la vista. ¡Oh no! ¿Pero también estuvo revisando mi portátil? Debajo de mi poema había escrito:
Quererte así… Es vivir cada segundo del día con mi mente inundada de tu recuerdo. Meca.
Seguido de una dirección de correo electrónico: Maximilianomeca@…
–¿Pero qué quiere este hombre de mí? Y… ¿Qué va a querer? Lo que quieren todos. ¡Lo odio!
Cerré el portátil. Me propuse olvidar todo este rollo que me estaba armando en la cabeza y llamé a mis hijos. Los extrañaba y no quería que Eduardo les hubiera ido con cuentos. Todo fue una mala interpretación.
Me quedé más tranquila luego de escuchar las voces de mis bebés, mis chiquitos. Pasa tan rápido el tiempo, pensar que ya son unos hombrecitos.
Me dejó serena la conversación que tuve con ellos. Ya mi alma se sentía en paz por un lado, pero por otro, no había manera de sacar de mi mente a Maxi. Su perfume estaba en el baño. Se le habría olvidado esta mañana cuando lo encontré recién salido de la ducha. Uf qué momento aquel.
Me da gracia y hasta risa pero, ¡qué situación extraña!
Me puse el bikini, busqué la toalla, mi bolsito de playa y me fui a caminar por la arena para sentir el olor del mar. La opción de ir a la piscina la descarté por completo. Iba a intentar no tropezarme con Maxi.
Descalza, sintiendo en cada centímetro de mis pies la frescura y la humedad de la arena, me dispuse a ir dejando mis huellas y disfrutar del atardecer.
Mi solerita blanca bailaba acompañada del sereno viento. Disfrutaba ese cielo rojizo esfumado entre tonalidades naranjas, cuando de repente, la brisa trae un perfume que mi mente enseguida reconoció.
Me giré sosteniendo mi capellina blanca con una de mis manos. –¿Vos? –sorprendida me quedé mirándolo.
Capítulo 4: Descubriendo la pasión desconocida”
El reflejo del sol me impedía verlo con claridad, pero su perfume quedó intacto en mi recuerdo. Acomodé mi capellina para poder mirarlo a los ojos, ya que no estaba segura de que pudiera ser quien pensaba.
Pero me di cuenta que era alguien parecido, pedí disculpas por la confusión y seguí caminando un rato más. No me gustó que mi cerebro jugara de esta manera conmigo. A decir verdad, era yo la que estaba enloqueciendo mis pensamientos con ese hombre.
Disfrutando del contacto de mis pies con la arena, dejé que mi mente se sienta libre como las olas sobre el mar.
Estiré la toalla bajo una de las sombrillas que pertenecían al chiringuito más cercano y después de acomodarme no esperé; quería que mi piel disfrutase la temperatura templada del agua.
Como una criatura de diez años, me dejé abrazar por el mar, por cada una de las olas que las atravesaba traviesa, queriendo jugar con ellas.
Nada me producía más placer que hacer la plancha en el agua. Con mis ojos cerrados, olvidándome hasta de mi nombre, permití entregarme por completo al pacífico Mediterráneo.
Me gustaba mucho perderme en el tiempo y sentir que nada dependía de mí. Olvidé lo que era tener horarios, o estar pendiente de qué hacer. Por primera vez me sentía libre para disfrutar, sin prestar atención a nadie, disponía completamente del tiempo para mí.
Mis cinco sentidos estaban fusionados por primera vez. Mi cuerpo relajó cada músculo flotando sobre el agua cálida. Mis papilas gustativas saboreaban las pequeñas olas que escurridizas acariciaban mis labios, saltando sobre ellos, penetrando en mi lengua las gotas que escapaban al salpicar.
Mis oídos se centraron en el delicioso ruido del oleaje que era acompañado por el viento, llevándolo hasta la orilla, esparciendo su espuma por la arena llena de algas y caracoles de diversos tamaños.
Entre mis dedos se escapaba el agua que mis manos intentaban atrapar; de la misma manera que se estaba escapando mi futuro al lado de Eduardo.
Me sentía una sirena disfrutando de su hogar. Me sumergí hasta el fondo dejando mi cuerpo libre y con movimientos ondulados busqué la profundidad del mar.
Entonces disfruté ese momento dejando que mi cuerpo flote como una hoja liviana en el agua.
Qué hermosa sensación contactar en cuerpo y mente mediante algo tan imponente como lo es el interminable mar azul.
Casi logré entrar en estado de meditación total. Respiré profundo y exhalé todo lo malo que habitaba en mí.
De repente, otra vez, ese perfume invadía mis fosas nasales llevando de inmediato su aroma a mi cerebro, en milésimas de segundos trajo el recuerdo del hombre que menos quería tener en mi memoria en ese momento.
No quise interrumpir mi propio estado de placer, por ese motivo, seguí con mis ojos cerrados y disfrutando de lo que estaba viviendo, sintiéndome tranquila y en paz.
Yo no sé si me estaba obsesionando pero hasta creí sentir su respiración sobre mi cara. “No puedo ser tan tonta, estoy en el medio del mar y seguramente él esté conquistando mujeres” pensaba mientras flotaba en el agua.
-¿Por qué sos tan linda?
Su voz era inconfundible, ni que lo conociera desde hace años. Me asusté al oír la primera palabra y mi cuerpo perdió el equilibrio. Intenté no hundirme manoteando el agua a mi alrededor, hasta lograr mantenerme a flote.
-Esta vez no te voy a dejar que me manotees. -Dijo riéndose a carcajadas, recordándome la escena de la primera vez que nos conocimos.
-¡Sos un tarado! ¿Qué hacés acá? -le dije quitándome el agua de la cara con mi mano, mientras sobrenadaba con las piernas y mis brazos.
-¡Perdón! No sabía que tenía que sacar turno para entrar al mar. -su mirada era muy libidinosa. Agitaba la cabeza para despojarse del agua porque segundos atrás, se había sumergido.
-Sí. Tenés razón. El mar es público. Así que me voy yo -le respondí seria.
Me di vuelta zambulléndome de cabeza dejándolo detrás de mí. En el momento que mis pies quedaron en el aire, me tomó de una pierna llevándome hacia él.
-¿Qué hacés? -le digo intentando mantenerme a flote sin tragar agua mientras él, lo tomaba como un juego y se moría de risa.
-Te traigo conmigo, eso hago. Quiero tenerte a mi lado. No te vayas. Quedate. No puedo explicar cómo era la mirada que acompañaba su petición. Mientras me iba acercando más a él, luego de soltar mi pierna y tomarme del brazo, le preguntaba con mis ojos por qué me hacía esto.
-¿No entendés que me volvés loco? Tenía su cuerpo pegado al mío. Piel con piel. La frescura del agua de pronto comenzó a entibiarse en nuestros cuerpos. Nuestra respiración se agitaba y aumentaba cada segundo.
¿Cómo puede ser que descontrole mi interior de esta manera? No quiero jugar su juego. Lo quiero lejos. ¿Pero por qué no soy capaz de irme? Otra vez mi confusión. Necesitaba soledad… ¡Pero qué ganas de creer que alguien se interesara y se sintiera atraído por mí! Sentirme hermosa, que me hagan sentir única…
-No quiero que te sientas mal. No te digo esto para molestarte o incomodarte. Pero no me pidas que no te diga lo que siento por vos.
En el fondo de mi corazón podía distinguir cuándo me hablaba en serio. Cuándo era sincero o no. Y lo estaba siendo. Como lo había sido cuando le pedí que se fuera de la habitación horas atrás.
-Mirá, te conté cuál es el motivo de mi viaje. Necesito reencontrarme conmigo misma para poder solucionar el problema que tengo en mi matrimonio -mirándolo con sinceridad me confesé.
-Ya que estamos en la playa, ¿qué te parece si tomamos algo fresco en el chiringuito? Me parece que van a hacer una sesión de reggae. ¿Te gusta ese estilo de música? A mí me encanta.
Se notaba su entusiasmo en querer olvidar la conversación anterior y, a su vez que yo dejara de lado mi angustia. ¡Yo no quería decirle que me volvía loca bailar! Era profesora de baile de salón, así que sabía bailar lo que fuera. Pero el reggae y el reggaeton me volvían loca. Mi sangre latina era más fuerte y esa música realmente me gustaba, la disfrutaba.
Salió corriendo del agua proponiéndome una carrera hasta la orilla. Estábamos bastante adentrados en el mar cuando intenté ganarle. Por un momento olvidé buscarlo con la mirada y, cuando me di cuenta, no lo tenía a mi alrededor. ¿Dónde se había metido? Me giré buscándolo. Al volver la vista, mi cara se topó con la suya. Notamos nuevamente la agitada respiración. Huí, comencé a nadar lo más rápido que pude y él, se quedó estático. Después de un minuto vino detrás de mí.
Al llegar a la orilla corrí pronto hasta alcanzar mi toalla, no quería que me viera en bikini. Me sequé un poco el pelo después de ponerme un short que tenía en el bolso. Cuando llegó, caminamos hasta el lugar donde se habían concentrado las personas para bailar junto a los profesores.
Me quedé al final de todo. Maximiliano se puso a mi lado.
La música daba alegría al lugar. Se escuchaba en toda la playa y comenzamos a bailar siguiendo la coreografía de los muchachos. No hizo falta que me observara por mucho tiempo. Enseguida se dio cuenta que al menos sabía moverme.
—Parece que te gusta menearte… —pronunciaba mientras miraba mi trasero que iba al son de la canción y se marcaba la tanga del bikini mojado, debajo del short.
Se fue colocando detrás de mí e imitaba mis movimientos. Por un momento olvidé todo y me dediqué a pasarlo bien. Cantábamos y bailábamos al mismo ritmo, nuestros cuerpos cada vez se pegaban más; podía sentir cómo me rozaba. Me estaba gustando. Me estaba divirtiendo, como nunca, mientras bailaba esa canción. Mala- Mario Méndez.
Liberé mi cuerpo, todo era adrenalina y excitación. Sus manos en mis caderas pedían más. Su boca reclamaba a gritos sobre mi cuello un mordisco, mientras su pecho desnudo se contorneaba sobre mi espalda y mi cabello mojado. Nuestras pieles se hablaban. Hasta los corazones latían al mismo compás. Notaba su excitación, me invadía el calor. Sensualmente yo subía y bajaba con mis caderas pegada a su pelvis y a sus piernas. Su respiración era melodía para mis oídos.
Mis brazos inquietos acariciaban mi cuerpo, le provocaban deseo. Lo sorprendí girándome. Apoyé mi pecho sobre el suyo, intercalé mis piernas entre sus muslos y sin control, comencé a menearme más y más mientras él sostenía mi cintura con sus manos acompañando mis movimientos. Me flexionaba y mis caderas bajaban, con mi mirada incitaba la suya. El fuego se podía observar. Ya quemábamos por dentro, mi cuerpo trepaba el suyo. Con mis manos recorrí sus brazos hasta sus hombros y parada frente a él, contorneaba mis caderas sin cesar. Noté su locura, nos encapsulamos dentro del sonido de los instrumentos que resaltaban en la canción. Ya no oíamos la letra, solo era música y pasión.  Ardor y deseo.
Mi boca sedienta, su lengua que asomaba por momentos humedeciendo sus labios. Mi cuerpo. Su pecho empapado. Mis manos jugaban en sus muslos. Decidí sacar la loba dentro de mí. “¿Querés jugar?” Juguemos —pensaba mientras exponía mi sensualidad más allá del límite.
Mis movimientos impuros, rozando, provocándolo, se unieron a la letra del reggaetón.
 “…Que todo empiece a temblar, poder contigo jugar en la noche o morir, los dos atados juntos así tus manos cerca de mí, amándote hasta el fin…”
Sentía cómo lo llevaba a la demencia. Me deseaba, me saboreaba con su lengua cuando se acercaba más a la mía, queriendo abandonar su boca tentadora sin llegar a unirnos en un beso. Sus manos descontroladas se perdían en mi espalda hasta llegar a mis caderas queriendo tocar más allá, desesperándose por traspasar el final de mi columna.
Percibía cómo intentaba poco a poco bajar sus manos hasta el lugar más marcado y moldeado de mi cuerpo.
El mundo giraba a nuestro alrededor, imaginaba luces en el horizonte. Atardecía lentamente, el sol escapaba abandonando nuestra complicidad dejando a la luna como testigo de nuestra pasión.
Aplausos y más aplausos nos transportaron a la realidad. Todos estaban mirándonos. ¡Oh! ¡Qué calor! No podíamos dejar de mirarnos. Sonreímos ante los demás y nos fuimos a buscar mi bolso y demás cosas para salir de ahí, como si hubiésemos acabado de cometer un delito. De repente, me había dado cuenta de lo que acababa de hacer.
—Ah mamita me mataste… —apenas salían las palabras de su boca.
Notaba cómo respiraba con dificultad, intentando calmar su agitación. Y yo… no voy a mentir, la mía estaba a mil revoluciones. En mi vida bailé tan excitada y con tanto deseo.
 —¡Wow! —dijimos a la vez…
Y nos reímos sintiéndonos cómplices.
—Después de esto necesito un baño con hielo —su mirada perturbada me observaba.
Mientras repetía esa frase una y otra vez acariciaba con la mano su pecho. Me provocaba tanto deseo… Él solo llevaba su bañador mostrando un cuerpo casi perfecto a pesar de haber pasado los cuarenta y pico.
 —¿Y ahora qué? —mordiéndose la boca, esperaba mi respuesta…Una respuesta que me costó horrores dar.
Capítulo 5: “Deseo y pasión”
Mientras volvíamos al hotel, mi cabeza no hacía más que pensar en qué respuesta le daría. Si le decía que no, pensará que lo calenté para nada. Si le decía que sí, creerá que consiguió conquistarme, lo que lleva buscando desde el primer instante, además de creerme igual a todas. Tengo claro que le diré que no aunque me muera de ganas por estar con él. Si lo hago con él, ¿cómo vuelvo con Eduardo? Mi vida sexual era tan pobre que me tentaba saber que había más allá de un hombre. Eduardo era tan clásico, hasta a veces tan aburrido, que no sé cómo soportaba eso. No se hablaba ese tema en nuestra pareja, parecía prohibido, y si no, él me hacía sentir una atorranta cuando yo quería algo diferente, cuando pedía más, cuando entraba a un mundo desconocido para él.
Además, ya hacía un mes que estaba sola y meses sin intimar con Eduardo.
No me había dado cuenta que habíamos llegado al hotel cuando me interrumpe Maxi.
-No me diste ni bola, hablé con las estrellas. ¿En qué pensás? -me decía mientras se acomodaba frente a mí. Con su dedo índice apoyado en mi mentón, levantaba mi cara-.
No te preocupes mamita, no te pondré contra la espada y la pared. Te conozco más de lo que imaginás. Te dejé esta tarde mientras dormías mi tarjeta con el número de mi celular debajo de tu notebook -me guiñó un ojo y me sonrió.
-Ya vi que sos bastante chusma, y hurgaste mis cosas -me mostré enojada.
-No te calentés bonita, me encanta leer lo que escribís. Ojalá algún día me escribas algo a mí.
-Ya te digo que no. Te llamo cualquier cosa más tarde, si no, ya nos cruzaremos en estos días.
-O sea tenés claro que no me vas a llamar -riéndose a carcajadas movía negando con su cabeza-. ¿Sabés qué? Sé que me llamarás. Sé que te morís de ganas por estar conmigo.
Grrrrrr, ¡odiaba que fuera tan fanfarrón! Que se creyera irresistible y que me moría por él.
-No te mientas Mariela, -me dije a mí misma- te estás volviendo loca por él. Tenés que alejarte.
-¿Mirá, sabés qué? -le respondí con una expresión de “no me importás nada”.
-¿Qué? -seguía mi juego mirándome con burla.
-No te voy a llamar. Es más, me voy a dormir. Así que, buscate otra y divertirte. Buenas noches.
Lo dejé ahí. Parado. Solo. Demostrándole una vez más lo tonta que soy. Seguro que eso pensaba. Pero yo no sabía manejar la situación. Me fui a mi habitación y sin más, lo dejé en la entrada del hotel.
-Soy una tarada. No, una imbécil. ¿Por qué me comporté así? Después de lo bien que lo pasamos. ¡Además, lo provoqué yo! ¿Qué pensará ahora de mí?
Me llené la bañera, eché unas gotas de gel para hacer espuma. Me llevé mi notebook, la apoyé sobre la tapa de una mesita auxiliar que había y puse música. Mi mente trajo a Maxi de nuevo en mis recuerdos. Ese hombre no salía de mi imaginación…
Sentía el agua tibia sobre mi piel, friccionaba mis piernas con la espuma entre medio de ellas. Me frotaba suave mis brazos, mi cuello, mientras bajaba despacio hasta mis pechos. Enjaboné mi abdomen. Deslicé mi mano hasta llegar a mi entrepierna. En ese instante la música fue culpable de traer a mi mente esos momentos fogosos y alocados que, minutos atrás, se produjeron al bailar con ese hombre inolvidable. Perturbador de mi mente. Culpable de mis deseos ardientes. La misma canción que hizo liberar mis instintos salvajes en la playa junto a Maxi, comenzó a retumbar en las paredes del baño.
Nunca me atreví a conocer íntimamente. Ahora, sola, sería un buen momento. Me ganó la curiosidad y el fuego que seguía dentro de mi cuerpo.
Comencé a acariciarme, a tocarme. A descubrirme por primera vez.
Ummm… Qué placer más bonito, recorrer mi más íntimo secreto con mis suaves manos. Al compás de mis suspiros que, poco a poco, hacían eco en mi garganta encontrando la libertad, salían susurrando entre la tibieza de mis labios, fusionándose en el ambiente húmedo, aromático. La melodía se confundía con mis jadeos, terminando como una nota de sol mayor eterna…
El ritmo crecía más y más, no podía parar, estaba siendo un vicio, entraba en un mundo de sensaciones deliciosas desconocido para mí. ¿Cómo nunca había sentido esto? Mis ojos cerrados se hicieron cómplices de mi mente, recordando las veces que lo tuve tan cerca a ese hombre misterioso.
Me volvía loca, despertaba mis más bajos instintos, no sabía por qué, pero conseguía sacar una parte de mí que no conocía.
Lo imaginé conmigo en el agua, entre pompas de jabón que se escapaban entre mis dedos, cayendo por su pecho que respiraba violento. Sus manos lentamente recorrían mis muslos, en movimientos circulares, acercándose cada vez más a mi rincón de sensaciones desconocidas. Deseosa de estallar entre sus manos, su boca, su parte más tormentosa. Entre pensamientos y fantasías perdí la noción del tiempo pero viajé del cielo al infierno varias veces en un incontrolable placer.
Ummm, quería hacer ese viaje otra vez. ¿Será normal querer revivir lo desconocido de nuevo…?
Terminé de bañarme, esta vez bajo la ducha para descargar esa sensación que me dejó temblando, débil, exhausta. Pero a su vez, espléndida, alegre, con ganas de querer vivir más.
Logré ver el brillo de mis ojos al maquillarme frente al espejo, ahora entendía cuando decían que una mujer después de hacer el amor lucía radiante. No lo había hecho, claro, pero logré alcanzar una cantidad innumerables de orgasmos y pareciera que el resultado era el mismo. Por primera vez descubrí qué era un orgasmo intenso. Varios orgasmos intensos que me dejaron con una energía frenética.
Me puse un vestido rojo, corte recto; ceñido al cuerpo, con un escote caído delante, ya que era de una delicada tela sedosa, y otro redondeado en la espalda, dejándola totalmente desnuda hasta el límite de mi columna y mi trasero. Largo, hasta debajo de las rodillas con una abertura de frente, desde el nacimiento de la pierna. Sí, un vestido irresistible. Donde tenía pensado ir merecía la pena lucirlo.
En mi cabello llevaba un peinado recogido hacia un lado, con un broche de brillos rojos, dejando mis bucles negros caer hacia el costado contrario.
No era perfecta, pero tenía un cuerpo con curvas y me sentía hermosa y eso quería que vieran.
Lo completé con unos preciosos zapatos de tacón rojos de ocho centímetros de alto y una cartera haciendo juego. Saliendo por el pasillo de mi habitación, pinté mi boquita de rojo carmín, tirándome un beso en el reflejo del espejo que adornaba la entrada. Mientras acababa de ponerme los pendientes de perlitas rojas y el collar haciendo juego.
Me puse mi perfume preferido, Kenzo. Ahora sí, ya estaba lista. Moría de ganas por ir al restaurant que me habían recomendado donde hacían cena-show. Los dueños eran argentinos así que tenía ganas de sentirme como en casa y recordar mis raíces.
¿Llamaré a Maxi? “-Uf Mariela, otra vez cayendo a sus pies-“.
No, tenía que ir sola. Quería ir sola. Abandoné el hotel sintiendo las miradas clavadas al pasar. Me ruboricé y hasta salí con una risita de chiquilina. Me sentía por primera vez segura de mí misma. Mi autoestima estaba a mil. […]
_8190
Espero que hayan disfrutado la lectura de esta historia. Quienes quieran saber cómo  pueden buscar en amazon, Casa del libro, etc… o contactar conmigo.
Gracias a todos.
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3 pensamientos en “Primeros capítulos de “Un nuevo amanecer” de Karina M. Delprato.

  1. Pingback: Concurso: Un nuevo amanecer: Sol, arena y mar. | Mi mundo entre letras

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